Me gusta saber que estás dormida
para poder enviarte notas de voz
y saber que las vas a escuchar
mientras tú estás despierta
y yo dormido;
y poder decirte que te amo,
que te quiero,
que buenos días,
que no son mejores días
porque no voy a despertar a tu lado
o no voy a poder hacerte el desayuno
y llevártelo a la cama,
o no vamos a poder hacernos el desayuno
el uno al otro,
ponerlo en la mesa,
luego solo comernos un par de cosas
-bueno, eso yo, porque a ti te gusta comer un poco de todo-
y que se nos olviden los cereales;
que no podremos hacer el amor
después de desayunar
ni ducharnos,
ni besarnos bajo la ducha,
ni querernos otro poquito,
ni hacer el tonto en la cama
antes de hacerla
y hacerla;
darnos cuenta que no es domingo
sino lunes,
que deberíamos estar en el trabajo
y no haciendo el gilipollas
-que tanto nos gusta-,
y ambos llamamos
y decimos estar enfermos
con mucha fiebre;
se lo creerán
y podemos seguir haciendo el tonto,
y no hacemos la cama
porque la hemos vuelto a deshacer,
y nos tumbamos y te leo a Wilde
y lloras de una forma tan bonita
que resulta hasta una ofensa
llorar después de ver eso;
y me besas y te beso
y me acaricias y te acaricio,
y no nos damos cuenta
pero ya habíamos hecho la cama
para volver a deshacerla de nuevo.
Y no hay mejor religión
que ponerme de rodillas ante ti,
besarte entre los pechos
y sentir tus latidos en mi boca.
3 de febrero de 2015
16 de enero de 2015
Ella ata,
desata, mata y arrebata.
Yo me ato,
desato, mato y no escapo.
Ella es un cadáver,
digno de ver, de conocer, de placer.
Yo soy su asesino,
su sino, su camino y su destino.
Ella gota a gota
se desborda, se ahoga, se colapsa.
Yo lleno el vaso,
paso a paso, con las lágrimas de su ocaso.
Ella se comba,
desnuda, se acuesta en su alcoba.
Yo me relato,
sufro a ratos, me maltrato.
Ella gime,
alucina, vibra y termina.
Yo no aguanto,
muerdo mi mano, sangro mis venas y me marcho.
desata, mata y arrebata.
Yo me ato,
desato, mato y no escapo.
Ella es un cadáver,
digno de ver, de conocer, de placer.
Yo soy su asesino,
su sino, su camino y su destino.
Ella gota a gota
se desborda, se ahoga, se colapsa.
Yo lleno el vaso,
paso a paso, con las lágrimas de su ocaso.
Ella se comba,
desnuda, se acuesta en su alcoba.
Yo me relato,
sufro a ratos, me maltrato.
Ella gime,
alucina, vibra y termina.
Yo no aguanto,
muerdo mi mano, sangro mis venas y me marcho.
8 de diciembre de 2014
Desato los cordones,
aflojo el calzado,
saco mi pie de él
y me quito el calcetín.
Me acaricio
como si fuera ella
la que está al final;
en contacto con la suya
mi piel está formada
por miles de yemas de dedos.
Salgo a la calle
con los pies descalzos
y sus plantas desnudas
buscan una textura
con la que volver a sentir.
Hace frío, lo noto
en la contracción de mis músculos,
en el vapor que emanan mis pulmones,
en los gorros y bufandas de los transeúntes;
hace frío, lo noto
pero no lo siento.
En nada se diferencian
los adoquines
de la piedra,
la tierra
o la hierba.
Mis pies están rojos,
mis pies palpitan,
mis pies corren,
saltan,
tiemblan
y se agitan.
Un reloj en el tobillo solucionaría la impuntualidad.
-Llegas tarde ¿Dónde has estado?
-Lo siento, me entretuve soñando.
aflojo el calzado,
saco mi pie de él
y me quito el calcetín.
Me acaricio
como si fuera ella
la que está al final;
en contacto con la suya
mi piel está formada
por miles de yemas de dedos.
Salgo a la calle
con los pies descalzos
y sus plantas desnudas
buscan una textura
con la que volver a sentir.
Hace frío, lo noto
en la contracción de mis músculos,
en el vapor que emanan mis pulmones,
en los gorros y bufandas de los transeúntes;
hace frío, lo noto
pero no lo siento.
En nada se diferencian
los adoquines
de la piedra,
la tierra
o la hierba.
Mis pies están rojos,
mis pies palpitan,
mis pies corren,
saltan,
tiemblan
y se agitan.
Un reloj en el tobillo solucionaría la impuntualidad.
-Llegas tarde ¿Dónde has estado?
-Lo siento, me entretuve soñando.
10 de noviembre de 2014
De repente
te encuentras a ti mismo
con un boli roto de cartón
en la mano izquierda
y un cúter viejo y afilado
en la mano derecha.
Con la hoja de la herramienta
presionas la ruina del bolígrafo,
y presionas,
y haces un corte limpio tras otro;
de un momento a otro
la hoja se atasca,
y presionas,
y haces un corte en seco
en tu propio dedo.
La piel se levanta,
quizá también la carne que protegía,
todo comienza a llenarse de sangre
y tú te llevas el dedo a la boca.
Es curioso,
el color de tu sangre es precioso,
hasta diría que el sabor es dulce;
puede que te estés mareando
y que hayas llegado al botiquín
sin darte cuenta.
El agua del grifo te hace daño,
pero la oxigenada no escuece
y los golpes de la gasa en la herida
casi no duelen.
Tu dedo es un poema,
tienes un corte amorfo
y un vendaje precario
que le hace juego.
A lo largo de los días siguientes
la herida se abre varias veces
y tú no puedes dejar de mirar
el flujo de tu sangre hacia el desagüe;
miras el apósito
que trata de proteger la herida
y la mierda lo inunda,
eres tan cerdo que no puedes
mantener ni la venda que te arropa.
Te duele,
tratas de evadir el dolor
y te haces manco en el intento;
tu mano izquierda aún es útil
y tú te encargas de hacer
que parezca todo lo contrario.
Sin darte cuenta
han pasado cuatro días
y tú te has mantenido entretenido
con el corte más profundo y tonto
de tu vida.
Cuando miras el reloj
son las ocho y media,
ella llega en diez minutos de su viaje
y tú ya no sabes si te cortaste
haciendo el gilipollas
o para que hubiera algo
que doliera más que la distancia.
Mírala,
allí viene con su parka azul,
de repente la estación se vacía
y toda la sangre que has perdido
vuelve a fluir de forma repentina.
Por primera vez desde que te cortaste
la herida supone problema,
al fin y al cabo un dedo vendado
es un dedo menos con el que tocar su cara.
te encuentras a ti mismo
con un boli roto de cartón
en la mano izquierda
y un cúter viejo y afilado
en la mano derecha.
Con la hoja de la herramienta
presionas la ruina del bolígrafo,
y presionas,
y haces un corte limpio tras otro;
de un momento a otro
la hoja se atasca,
y presionas,
y haces un corte en seco
en tu propio dedo.
La piel se levanta,
quizá también la carne que protegía,
todo comienza a llenarse de sangre
y tú te llevas el dedo a la boca.
Es curioso,
el color de tu sangre es precioso,
hasta diría que el sabor es dulce;
puede que te estés mareando
y que hayas llegado al botiquín
sin darte cuenta.
El agua del grifo te hace daño,
pero la oxigenada no escuece
y los golpes de la gasa en la herida
casi no duelen.
Tu dedo es un poema,
tienes un corte amorfo
y un vendaje precario
que le hace juego.
A lo largo de los días siguientes
la herida se abre varias veces
y tú no puedes dejar de mirar
el flujo de tu sangre hacia el desagüe;
miras el apósito
que trata de proteger la herida
y la mierda lo inunda,
eres tan cerdo que no puedes
mantener ni la venda que te arropa.
Te duele,
tratas de evadir el dolor
y te haces manco en el intento;
tu mano izquierda aún es útil
y tú te encargas de hacer
que parezca todo lo contrario.
Sin darte cuenta
han pasado cuatro días
y tú te has mantenido entretenido
con el corte más profundo y tonto
de tu vida.
Cuando miras el reloj
son las ocho y media,
ella llega en diez minutos de su viaje
y tú ya no sabes si te cortaste
haciendo el gilipollas
o para que hubiera algo
que doliera más que la distancia.
Mírala,
allí viene con su parka azul,
de repente la estación se vacía
y toda la sangre que has perdido
vuelve a fluir de forma repentina.
Por primera vez desde que te cortaste
la herida supone problema,
al fin y al cabo un dedo vendado
es un dedo menos con el que tocar su cara.
4 de noviembre de 2014
Esto no es un poema.
Carece de rimas,
estilo medido,
métrica refinada,
y si se cuela algún recurso retórico
es pura casualidad.
Repito, esto no es un poema.
No tiene artificio,
nadie lo ha trabajado
y no lo escribe un prodigio.
Insisto, esto no es un poema.
No contiene parábolas
ni simbolismos,
solo sentimientos
e incapacidad.
Eso sí,
si hablamos de ella
todo cambia.
Cada lunar rima con su contiguo,
su sarcasmo es la medición de un estilo,
sus caderas son métrica de oro
y cada uno de sus latidos
una hipérbole.
Todo en ella es artificio,
entenderla es el mejor de los trabajos
y sus dedos con los míos
plumas de prodigio.
Su sonrisa es la mejor
métafora del amor jamás vista
y su espalda
símbolo y signo de paz.
Puedo asegurar,
y aseguro,
que ella sí es un poema.
Carece de rimas,
estilo medido,
métrica refinada,
y si se cuela algún recurso retórico
es pura casualidad.
Repito, esto no es un poema.
No tiene artificio,
nadie lo ha trabajado
y no lo escribe un prodigio.
Insisto, esto no es un poema.
No contiene parábolas
ni simbolismos,
solo sentimientos
e incapacidad.
Eso sí,
si hablamos de ella
todo cambia.
Cada lunar rima con su contiguo,
su sarcasmo es la medición de un estilo,
sus caderas son métrica de oro
y cada uno de sus latidos
una hipérbole.
Todo en ella es artificio,
entenderla es el mejor de los trabajos
y sus dedos con los míos
plumas de prodigio.
Su sonrisa es la mejor
métafora del amor jamás vista
y su espalda
símbolo y signo de paz.
Puedo asegurar,
y aseguro,
que ella sí es un poema.
26 de octubre de 2014
Me gusta cuando callas
porque parece que vuelas,
y te cojo de la mano,
y lo hago contigo.
Me gusta cuando paseamos
porque no quiero que el puente acabe,
y me cuentas tu infancia,
y soy niño a tu lado.
Me gusta cuando compramos pipas
porque no nos las comemos por reírnos,
y terminamos en el suelo,
y nada más importa.
Me gusta cuando no arranco
porque tú me lo has pedido,
y nos quedamos en silencio,
y con la felicidad en las caras.
Me gusta cuando cerramos los ojos
porque el tiempo no pasa ni nos importa,
y me acaricias los dedos,
y los asientos del coche son nubes.
Me gusta cuando sueño
porque estás tú aunque duerma solo,
y mi voz te llama,
y acudes a la llamada.
Me gusta cuando me gustas
porque no hay sueños,
solo realidades.
porque parece que vuelas,
y te cojo de la mano,
y lo hago contigo.
Me gusta cuando paseamos
porque no quiero que el puente acabe,
y me cuentas tu infancia,
y soy niño a tu lado.
Me gusta cuando compramos pipas
porque no nos las comemos por reírnos,
y terminamos en el suelo,
y nada más importa.
Me gusta cuando no arranco
porque tú me lo has pedido,
y nos quedamos en silencio,
y con la felicidad en las caras.
Me gusta cuando cerramos los ojos
porque el tiempo no pasa ni nos importa,
y me acaricias los dedos,
y los asientos del coche son nubes.
Me gusta cuando sueño
porque estás tú aunque duerma solo,
y mi voz te llama,
y acudes a la llamada.
Me gusta cuando me gustas
porque no hay sueños,
solo realidades.
29 de septiembre de 2014
Por ti no rodaron cabezas,
por ti perdí la mía.
La libertad empieza en la rebeldía
de una moral que se cree reina de la verdad.
Tu moral es absolutista,
pero mi corazón es un pueblo
que pide amor a precio justo
y tiene ansia de destronarla
a base de afilados besos en tu cuello.
Mis manos son la cesta
que recoge tu rostro
cuando este es degollado.
Tú, patria,
comienzas a ser consciente
de que perteneces al pueblo
que te reclama y late en mi pecho.
La indignación de tu moral
viste de rojo tus desnudos
gritando revolución,
esperándome a mí,
sans-culottes,
para tomar una Bastilla
que se nos quedará pequeña.
No sé si pasaremos a la historia
o si ésta será cruel con nosotros,
lo que sé es que has marcado un hito,
que has sido mi Revolución Francesa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)